¡Hola! Soy Dafne y os voy a contar mi historia, algo sobre mi vida pasada que hasta ahora había intentado mantener en secreto, pero he llegado a la conclusíón de que debo sentirme orgullosa de lo que soy y de cómo llegué a ser un verdadero símbolo, si no del amor , sí de la victoria. Ahí va pues mi historia:
Yo era una ninfa feliz, con unos padres estupendos en los que confiaba plenamente. Un buen día, el dios Cupido, intentando demostrar al dios Apolo que era mejor que él en el arte de lanzar flechas, me hirió con una de ellas. Esa flecha era de oro y su efecto no era el que todos estáis pensando. Su efecto era el contrario, provocaba el rechazo amoroso. Nada más ser alcanzada por esa dorada flecha, corrí hasta mi padre para pedirle (sin saber muy bien por qué lo hacía) que no permitiera que me casara nunca. Mi pobre padre al verme tan desolada accedió y prometió ayudarme.
Al poco tiempo me encontré con Apolo que también había sido herido con una de las flechas de Cupido, pero con una de las que de verdad te hacen enamorarte hasta perder la razón. Apolo, como bien podréis imaginar, se enamoró perdidamente de mí. Intentó por todos los medios conseguir que yo le correspondiera, pero yo solamente pude huir. Corrí y corrí, llamando sin parar a mi padre para que acudiera en mi ayuda. Su manera de ayudarme fue convertirme en árbol. Para cuando Apolo llegó a mi lado, mi transformación había empezado: mi cuerpo se cubrió de dura corteza, mis pies fueron raíces que se hincaban en el suelo y mi cabello se llenó de hojas. Me había convertido en un hermoso laurel.
Apolo se abrazó a mí y se echó a llorar y dijo estas palabras: " Puesto que no puedes ser mi mujer, serás mi árbol predilecto y tus hojas, siempre verdes, coronarán las cabezas de las gentes en señal de victoria".

Muchos, pero que muchos años después un poeta español llamado Garcilaso de la Vega me dedicó también un hermoso poema que dice así:
A Dafne los brazos ya le crecían
y en luengos ramos vueltos se mostraban;
en verdes hojas vi que se tornaban
los cabellos que el ojo oscurecían;
de áspera corteza se cubrían
los tiernos miembros aún bullendo estaban;
los blancos pies en tierra se hincaban
y en torcidas raíces se volvían.
Aquél que fue la causa de tal daño,
a fuerza de llorar, crecer hacía
este árbol, que con lágrimas regaba.
¡Oh miserable estado, oh mal tamaño,
que con llorarla crezca cada día
la causa y la razón por que lloraba!